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Una vida al filo

Un montañero en Nueva York

...porque los neoyorkinos son de todas las partes. Para ser uno de ellos sólo vale lo que eres y lo que estas dispuesto a hacer. Y todos son bienvenidos

Por Sebas Álvaro 26 abr. 2012 13:29

Me gusta Nueva York. Uno no es un urbanita redomado ni un fanático del modo de vida americano. Más bien todo lo contrario. Pero me gusta Nueva York. De la misma forma y por los mismos motivos que me gustan Bilbao o Madrid. Hay que ir a verlas, a conocerlas ¡a vivirlas! Son cosmopolitas, abiertas, mestizas, innovadoras, vivas, descaradas, aunque digan los que no viven en ellas, ya lo se, que los nativos de esas ciudades son, somos, un poco especiales, vamos que somos un poco chulos, prepotentes, con ese aire de superioridad que, por cierto, aparece retratado en todas las series norteamericanas rodadas en Nueva York. Se dice de los bilbaínos, de los madrileños (aunque un buen amigo bilbaíno diga que en realidad Madrid no deja de ser un barrio de Bilbao) y también de los de Nueva York. Me gusta pensar que quizás todo sea por esa “falta de personalidad” de las ciudades de aluvión surgidas, o cambiadas radicalmente en el último siglo, por inmigraciones masivas. Ciudades en las que todos van ensimismados a su trabajo, pensando en sus cosas, despreocupados de los pensamientos del vecino. Un reconfortante anonimato que tan difícil es de lograr en las ciudades pequeñas y donde nadie te pregunta de donde vienes. En realidad, porque los neoyorkinos son de todas las partes. Para ser uno de ellos sólo vale lo que eres y lo que estas dispuesto a hacer. Y todos son bienvenidos.
 
Memorial Wall en la Isla de Ellis. Foto: Sebastián ÁlvaroVisitando la isla de Ellis, el lugar donde llegaban la gran mayoría de todos los inmigrantes, he podido retroceder al pasado más de un siglo mientras caminaba por las enormes salas donde, en fila india, eran registrados y pasaban la cuarenta. Durmiendo en unos camastros minúsculos, con sus atillos de pertenencias y sus maletas de madera donde llevaban todo lo que poseían, que apenas era nada. Huyendo de una Europa devastada, de las guerras, del hambre, de la caída de imperios en declive y de feroces dictaduras que hicieron del continente europeo un terreno de batalla durante dos siglos, convirtiendo las tierras americanas en la promesa del paraíso perdido.

La Estatua de la Libertad. Foto: Sebastián ÁlvaroPara comprender lo que es Nueva York, y de alguna forma todo Estados Unidos, es suficiente con conocer unos datos concluyentes: de 1892 a 1924 llegaron a la isla de Ellis 16 millones de inmigrantes. Sólo en 1907, el año que más llegaron, fueron casi 1.300.000. Y esta riqueza, en forma de renovado espíritu emprendedor, sigue activa hoy en día. El sueño de cualquier inmigrante latino es triunfar en Nueva York. La esencia de la ciudad es precisamente su espíritu cambiante, un cambio continuo que, paradójicamente, le proporciona estabilidad. Es siempre, por tanto, una ciudad joven, suma de la mezcla de italianos, irlandeses, latinos, chinos, griegos, coreanos, taiwaneses… hasta iraníes, que celebran todos los años una “parada persa”, con bailes, carrozas y hasta partidarios de Zoroastro. ¿Dónde puede encontrarse algo igual?

He pasado cuatro maravillosos días pateando Nueva York, de arriba a abajo y de derecha a izquierda. Debería decir, para ser más riguroso -como siempre me corrige mi buen amigo el profesor Martínez de Pisón- de norte a sur, de este a oeste. He vuelto a casa igual de cansado y satisfecho que –perdonadme, es la comparación de un montañero- cuando regreso del Karakorum. No he parado de caminar todos los días más de diez horas. Sin más paradas ni tregua que para comer un bocadillo en alguno de los múltiples bares y cafeterías que salpican sus calles.

MOMA, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroHe recorrido Manhattan, deteniéndome en cada iglesia, museo y librería. He visitado el MOMA (Museo de Arte Moderno), el Museo de Historia Natural y el Metropolitan. Hay un “City Pass”, que tiene seis entradas, a elegir, de algunos de los lugares más emblemáticos de la ciudad. Se compra por Internet y supone un ahorro considerable. ¿Porque no copiamos en nuestras ciudades iniciativas como éstas? Sorprende al viajero que nadie te ponga la mínima traba para poder hacer fotografías en el interior de los museos (siempre que se hagan sin flash). Me parece que no deja de ser una primera señal del espíritu pragmático de esta sociedad. Son los primeros que se han dado cuenta de que no se pueden poner puertas al campo. Todo el mundo ya tiene cámaras pequeñas, o teléfonos móviles que para el caso es lo mismo, y por tanto es imposible prohibirlas así que los vigilantes encauzan sus esfuerzos en controlar los destellos de los flashes. Es más útil y rentable.

Nueva York es una ciudad siempre joven y una suma de la mezcla de distintas culturas. Foto: Sebastián ÁlvaroLos museos son magníficos y sólo para visitar en profundidad el Metropolitan (uno de los museos que más piezas -más de dos millones- contiene del mundo) serían necesarios varios días. Pero es muy gratificante pasear por sus salas más importantes unas pocas horas. Soy más partidario de visitar muchas veces un museo que pegarte un atracón una sola vez y quedar emborrachado, y abrumado, las más de las veces, de ver tantos cuadros y tantas piezas importantes. Es lo que suelo hacer en el Museo del Prado. (Recomiendo hacerse “Amigo del Museo del Prado” a todos aquellos que piensen lo mismo, por una pequeña cantidad al año puedes entrar cuantas veces quieras y tener un montón de ventajas, como no hacer colas, entre muchas otras).

Por muy poco tiempo que se disponga es obligada la visita a la Estatua de la Libertad, aunque recomiendo hacer la reserva el día anterior pues sino se puede tardar más de una hora en montar en el ferry. Desgraciadamente, desde los atentados del 11 S, ya no se puede acceder al interior de la estatua. El complemento a la Estatua de la Libertad, auténtico símbolo emocional de los estadounidenses y de los neoyorkinos en particular, es la visita a la isla de Ellis. Resulta emocionante comprobar como los padres van con sus hijos pequeños a visitar aquellas dependencias que acogieron, tal vez, a sus padres o abuelos. Y luego en el exterior se ponen a buscar a sus antecesores en los nombres grabados en una infinita placa de acero…

El puente de Brooklyn, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroEn el barco de vuelta recordé el consejo de Javier Reverte antes de irme: “Ve a pasear por el puente de Brooklyn, no es un trekking como los tuyos en el Himalaya pero está muy bien”. Y le hice caso. En realidad ese día habíamos bajado caminando desde Rockfeller Center por Broadway hasta Battery Park, donde se coge el ferry a Ellis. De vuelta regresamos al mismo lugar y nos fuimos a comer una hamburguesa muy cerca de allí, a un típico pub donde los clientes, trabajadores de las múltiples oficinas de la zona, estaban viendo por televisión un partido de los Yankees contra los Mets con la misma pasión que aquí se vive un Madrid-Barça. Media hora para volver a ponernos en marcha, visitar Wall Street (y a los acampados del 15 M, que allí no se cómo se llaman) y dirigirnos al puente de Brookyn, repleto a esa hora de ciclistas y caminantes. Cruzamos el puente y nos dirigimos de regreso por el puente de Manhattan, mucho menos concurrido pero mucho más ruidoso por el paso de los trenes. Terminamos en el barrio de Chinatown, que es una auténtica sorpresa y me parece una recreación, ¿o es justo al contrario?, de Blade Runner. Una pequeña visita al mercado, pues ya estábamos derrengados, antes de coger el metro de vuelta al hotel de Rockfeller Center. Una ducha, un pequeño reposo de media hora y vuelta a caminar a la zona de Times Square. Acostarse temprano para, igual que los neoyorkinos, ponerse en marcha muy temprano.
 
La Zona Cero, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroPero, entre todos los lugares que he visitado, ninguno me ha emocionado, y conmocionado, más que la visita a la zona Cero. Aunque todavía está en obras le falta muy poco para que vuelva a estar completamente terminada la zona donde se ha vivido el atentado terrorista más decisivo, probablemente, de los últimos tiempos. Convertido ahora en un símbolo de la libertad y el modo de vida occidental, y a la vez del odio y la barbarie, resumen de tos las contradicciones y conflictos del cambio de siglo, que se vieron reflejadas en el derrumbe de las dos torres que coronaban Manhattan. Ya está prácticamente terminada de remodelar la zona. Las dos nuevas torres están a punto de concluir. En esta próxima semana la Torre de la Libertad sobrepasará la altura del Empire State. Y en poco más alcanzará los 541 metros que marcará el punto más alto de la ciudad, volviendo a cambiar el skyline más famoso del mundo. El parque con las dos enormes piscinas, el Polo Norte y el Polo Sur, ya está terminado. Todo gira en torno a dos grandes piscinas, por las que caen unas cortinas de agua, y que, a su vez, contienen unas piscinas más pequeñas donde desaparece. En su enorme barandilla de bronce están grabados los nombres de las casi tres mil personas que murieron víctimas de los atentados terroristas. Asomarse al interior de aquellos dos pozos cuadrados sin fondo es como asomarse a nuestro interior, al terrible vacío de nuestro interior… 

Desde el Empire State, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroNo queda mucho para concluir esta breve, y enriquecedora, visita a Nueva York. Ya saben que me gustan las alturas. Aunque esté en Nueva York. Allí no hay montañas, pero es de todos sabido que donde no las hay el hombre las ha creado artificialmente a imagen y semejanza de las naturales. Quizás porque, junto con el mar, es el medio que más ha impresionado y temido el hombre desde sus orígenes. Quizás porque elevarnos por encima de nuestras cabezas te hace ver el futuro y gozar de la libertad como se sólo se siente en los lugares donde tienes el mundo a tus pies y puedes ver la inmensidad del espacio y la profundidad del tiempo. Los zigurats babilónicos, las pirámides mayas o las de Egipto son buena prueba de ello. Y también, desde luego, los rascacielos modernos que son nuestras nuevas pirámides, el símbolo del poder de nuestro tiempo. Rockfeller Center, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroVer el atardecer, o amanecer, desde el Empire State o el Top of the Rock, es la mejor visión de la verdadera ciudad de los prodigios.

La vez anterior que estuve en Nueva York estuve en lo más alto de las torres gemelas. Recuerdo haber mirado aquellos edificios con ojos de hacer “salto base” desde su azotea. Había mucha gente que decía que aquellas terrazas habían sustituido a las del “viejo” Empire State. Nadie podía imaginar entonces que muy poco tiempo después, desgraciadamente, volverían a estar repletas de turistas y el Empire había vuelto a ser el símbolo de la ciudad.

Patinando en Rockfeller Center, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroDesconocía, aunque ya me lo había comentado un buen amigo, el arquitecto Joaquín Pallás, que una obra así sería imposible realizarla hoy en día. Se comenzó a construir en 1930 y sólo se tardarían catorce meses en inaugurar este edificio de 102 plantas que, durante cuarenta años, sería el más alto del mundo y durante décadas sería un símbolo de la ciudad. Películas como King Kong ayudaron a mitificar el rascacielos por excelencia. Como no se podían almacenar los materiales de construcción en el suelo, debido a la falta de espacio, común a todo Manhattan, se hizo necesaria una planificación rigurosa y metódica para que cada cosa estuviera en la obra en el momento que fuese necesaria. Desde lo alto puede verse no sólo la ciudad capital del mundo, sino se vislumbra un país, la primera potencia del mundo, una sociedad, un modo de vida…
Protestas en Wall Street, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroSin duda hay muchas cuestiones que ni son idílicas ni, posiblemente, nos gusten a muchos. Pero, necesariamente, hay que ir a Nueva York. De la misma forma que hay que ir a ver Shangai. No se puede entender el mundo actual, ni lo que nos depara el futuro, sin haber estado, al menos, en esas dos ciudades.

Supongo que algo así debería ser visitar Sevilla en el siglo XVI…
Times Square, Nueva York. Foto: Sebastián Álvaro

Times Square, Nueva York.

Little Italy, Nueva York. Foto: Sebastián ÁlvaroLittle Italy, Nueva York.

Persian Parade, Nueva York. Foto: Sebastián Álvaro

Persian Parade, Nueva York.

 

Central Station, Nueva York. Foto: Sebastián Álvaro

Estación Central, Nueva York.

 

Catedral de San Patricio, Nueva York. Foto: Sebastián Álvaro

Interior de la Catedral de San Patricio, Nueva York.

7Comentario
30 abr. 2012 10:52
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Hola a todos

Yo también tengo la suerte de conocer esa gran ciudad , Nueva york , y necesito repetir esa sensación de poder vestir ,peinarse o ser símplemente tú y que a nadie le parezcas un bicho raro, conocer gente de todo el mundo , de cualquier rincón del mundo en una sola ciudad. Una ciudad mágica.

26 abr. 2012 14:35
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Hola Álvaro. Conozco Madrid, Bilbao y también Nueva York. Por cierto, las tres me gustan, pese a que tampoco soy una urbanita. Tuve la suerte de pasar unos días en la ciudad americana en el año 2005. La zona cero aún estaba en obras, no había nada. Sería genial poder repetir la experiencia algún día, porque creo que, en esa ocasión, no comprendí bien la "esencia" de la cuidad. El tiempo me ha hecho reflexionar y darme cuenta de cosas que en su momento no supe ver: tengo que volver, y verlo todo con la perspectiva y la forma de pensar que tengo hoy. ¡Me falta Shangai! jajaja. Un saludo.
30 abr. 2012 23:19
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Hola! Me ha gustado mucho tu relato. Como tú soy un apasionado amante de Nueva York y en especial de Manhattan, he tenido la suerte de ir 2 veces en 2 años, ambas en invierno que es cuando más me gusta la ciudad, a pesar de que el frío es intenso me resulta encantador. Comparto muchas cosas de las que dices, pero para mí el Empire es y será siempre el símbolo de la ciudad a la altura del World Trade Center ya desaparecido. Por cierto el nuevo complejo de la zona cero son más de 2 torres y en la estatua de la libertad se puede entrar pero AHORA está cerrada por reformas que yo sepa. Por otro lado la ciudad es un constante mar lleno de olas en las que todas son diferentes e incesables. Nueva York simplemente puede ser descrita con su propio nombre. Y en el mundo hay pocas cosas que me han marcado de por vida, pero el hecho de ir a Nueva York, la ciudad con la que he soñado durante años, es una de ellas. Recomiendo al menos una vez en la vida ir en Invierno, porque si consigues encontrarte con la ciudad con una ligera capa de nieve te enamorarás muchísimo más.
30 abr. 2012 13:37
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Hola. Yo también conozco New York y desde mi primer viaje, me enamoré de la ciudad ...es impresionante.Pasear por sus calles, por sus parques, sus tiendas , sus museos... y tantas cosas... hasta su gente es diferente...
Yo recomiendo visitar la ciudad al menos una vez en la vida...yo la he visitado 3 veces y cuando la veo el la tele...o en fotos... siento una gran nostalgia...
Es única.. I love new york

30 abr. 2012 12:39
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Hola

Tuve la suerte de ir a New York con 18 años y fue en un viaje de estudiantes..era

mi sueño conocer esa ciudad y la verdad es que no me defraudo para nada..han pasado

muchos años desde entonces y sigue teniendo para mi..mucha magia esa ciudad! Lo

recuerdo como si fuera ayer..la visita a las torres gemelas,poder estar en esa terraza

donde se podia ver toda la ciudad..(era inpensable que pudiera pasar esa desgracia)

los paseos por Central park,la 5ª avenida,wall street,little italy,soho..y como no..disfrutar

de la noche en el musical Cats o Cafe Wha!!!! ...quiero volver y es mas me gustaria

pasar una temporada en esa gran ciudad..sigue el espiritu de Manhattan.

30 abr. 2012 14:35
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me encantó desde buenos aires argentino felicitaciones por el relato y la visión de este mundo. marisabel
30 abr. 2012 20:49
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Es extraordinario  y a lo mejor nunca lo vere  pero lo describes tambien que  parece que lo estoy en el lugar

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Sobre el blog

Éste es un blog de viajes en el que conviven sin problemas imágenes de un viaje a Jordania, el relato de una expedición a un ochomil o las reflexiones del autor. Desde Tierra de Fuego al Himalaya, el relato en primera persona de aventuras a lo largo y ancho del planeta.

Sobre el autor
  • Sebastián ÁlvaroSebastián Álvaro

    Viajero de profesión y vocación, Sebastián Álvaro lo mismo se sube en una bici para hacer el camino de Santiago que se relaja en las playas canarias. Alpinista, director durante 27 años de "Al filo de lo imposible" y amante de las nuevas emocione, ha dirigido más de 150 expediciones y realizado más de 300 documentales.

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